viernes, 29 de noviembre de 2019

¿Bienaventurados los pobres? Actitud cristiana ante la propia pobreza y la de los demás





Jesús L. Sotillo, 28 de noviembre de 2019.
España tiene a sus espaldas una larga historia de desigualdades sociales muy profundas, que han mantenido en la indigencia a altos porcentajes de la población española durante siglos y que han llevado a muchos de "nuestros pobres" más decididos a buscar un futuro mejor en otros lugares del mundo. También cuenta en su haber con una antigua tradición de compatriotas nuestros, hombres y mujeres, que han viajado fuera de nuestras fronteras con el deseo de prestar auxilio a los más pobres de esos lugares. Pero es precisamente ahora que nuestro desequilibrio social, aunque todavía grande, es menor que en siglos pasados y que nuestra situación económica es mejor que la de la inmensa mayoría de países del mundo cuando los españoles sentimos como acuciantes las preguntas sobre qué opinar de la pobreza y qué hacer ante ella y ante quienes la padecen. En ello tiene mucho que ver el hecho de que ya no tenemos que viajar fuera de nuestras fronteras tanto como en otros tiempos para hacer frente a nuestra propia pobreza ni para encontrar pobres a los que tender la mano, sino que muchos miles de ellos, procedentes de diversos países y continentes, llegan a España en busca de mejorar su situación. Teniéndolos a nuestro lado, en nuestros bloques, en nuestras calles, el interrogante que nos planteamos para debatir en el Séptimo Coloquio abierto del Foro “Curas de Madrid y Más” cobraba un mayor sentido, por la gran actualidad que tiene.

¿Realmente, como leemos en los Evangelios de Mateo y de Lucas, podemos los cristianos pensar y decir con verdad “bienaventurados los pobres”? ¿Realmente podemos pensar y decir creyéndonoslo que son bienaventurados esos miles de hombres y mujeres que llegan a nuestras tierras huyendo de la pobreza y de la violencia asociada a los regímenes en los que la indigencia es el estado social mayoritario? ¿Realmente son bienaventurados los que, en una situación parecida, les ven partir, pero no se atreven a hacer lo mismo? ¿Realmente son bienaventurados nuestros propios pobres? ¿Realmente somos bienaventurados nosotros mismos si nos encontramos en un estado vital semejante?


En el coloquio, que tuvo lugar el pasado día 11 de noviembre, participamos 23 personas. Los saludos iniciales corrieron a cargo de José Manuel Coviella Corripio, que dedicó parte de su breve intervención a comentar la imagen que aparece en el cártel de convocatoria. Se trata de un fragmento del cuadro que lleva por título “La catedral de los pobres”. Es obra del autor barcelonés Joaquim Mir (1873-1940), realizada a finales del siglo XIX, en 1898, cuando el Templo de la Sagrada familia, que aparece al fondo de la imagen, se estaba empezando a construir en la capital catalana. ¿Ese debe ser el lugar de los pobres? ¿Fuera de la Iglesia, a sus puertas, mendigando?




En el curso del coloquio hubo quien recordó que para muchos cristianos de antes y de ahora esa ha sido y es, manifestada con palabras o a través de los hechos, la respuesta que consideran adecuada. Pero, antes de resumir el contenido de las intervenciones, merece la pena reseñar los minutos que dedicamos a la oración. La había preparado María de los Ángeles Rodríguez Grajera, que suele participar en nuestros encuentros. Las palabras del Papa Francisco en su Mensaje para la III Jornada mundial de los pobres, que iba a celebrarse el día 17 de noviembre, del que leímos algunos fragmentos, le ayudaron a entender cuál podía ser la respuesta a la pregunta en que nos hacíamos: “¿Bienaventurados los pobres?” . Sí, sí si tienen la fortuna de que en su camino encuentren cristianos que les tiendan sus manos caritativas, como si fueran las de Dios mismo, para ayudarles. Pero se pregunta ¿es eso lo que hacemos los cristianos? Es lo que deberíamos hacer, como sugiere el poema “No tienes manos”, que leímos juntos a modo de oración. Y, como también refleja, aunque con otros términos y con otros aires el muy conocido poema de Mercedes Sosa “Sólo le pido a Dios”, que primero leímos y, después, tras meditar juntos en voz alta ambos textos y habiendo rezado el Padre Nuestro, cantamos en la versión que hizo célebre Ana Belén.




Concluido el rezo, fui yo mismo el encargado de hacer la introducción previa al coloquio. Sin entrar a describir cuáles son en general las actitudes que adoptamos los seres humanos ante nuestra propia pobreza o ante la de los demás, señalé algunas de las que se observan dentro del propio ámbito católico. E invité a los participantes a expresar cuál era la que a ellos y a ellas les parece la más propia de cristianos que se dicen seguidores del Jesús que nos dan a conocer los Evangelios.

El intercambio de opiniones fue intenso e interesante. Se produjeron cerca de 20 intervenciones. Desde la primera de ellas, la de Rafael Rojo, se comenzó a describir una postura compartida por casi todos. Los pobres por el mero hecho de serlo no son bienaventurados. La pobreza no es una dicha sino más bien una desdicha. Jorge de Dompablo, lo dijo con claridad, aludiendo a su propia historia familiar. Y lo es, aunque en el entorno en que se vive reine el cariño y la ayuda mutua y sea posible, pese a la indigencia, sentirse feliz. Tampoco es, como resaltó con su peculiar fuerza Benjamín Forcano, un estado natural, una situación social querida y promovida por el mismo Dios. Eso se ha creído y enseñado muchas veces y se ha actuado en consecuencia. La propia Iglesia, algunos de sus jerarcas y de sus teólogos, lo ha sostenido, proponiendo, como actitudes coherentes, por parte de los pobres, aceptar con resignación ese estado de cosas que la divinidad, en sus designios insondables, les ha asignado, y, por parte de quienes no lo son, ejerciendo la práctica de la caridad hacia quienes viven en la indigencia. A partir del Vaticano II, con su Constitución pastoral Gaudium et Spes, la propia jerarquía hizo suya la actitud que ya habían asumido con anterioridad muchos católicos, la de plantar cara a la pobreza y a las estructuras que la causan y mantienen, para aliviar la situación de las personas que la padecen y contribuir a la construcción de una situación social más igualitaria y digna.

Sin embargo, aún sin ocultarles o sin que los pobres mismos se lo oculten que su situación es deplorable, cabe creer y decir que son bienaventurados, como leemos en los textos de Mateo y Lucas. También de esto hablamos en el coloquio. Varias y varios de los intervinientes explicaron los motivos. Dos fueron los que se sacaron a relucir. Un pobre puede decirse a sí mismo o pueden ser otros los que le digan que es bienaventurado porque Dios, lejos de considerarle maldito, le quiere y busca su bien. Esa es la Buena Noticia de la que hablan los Evangelios, ese el alentador anuncio que van a recibir los desposeídos y los marginados cuando el Reino de Dios empiece a cobrar forma en la tierra. Pero también un pobre puede decirse a sí mismo o pueden ser otros los que le digan que es bienaventurado porque tiene talentos, cualidades, capaces de ayudarle a aliviar su situación y porque en su camino aparecerán personas, los cristianos entre ellas, para estar a su lado y ayudarle a cambiar su suerte y su situación en la vida. Javier Sánchez González nos dijo que eso es precisamente lo que anuncia a los presos de la cárcel de Valdemoro,  y que es lo es lo que les conmueve. Y Andrés Álvarez Vázquez nos dijo que ese era el modo que aprendió en la HOAC de entender el problema y de actuar ante él. Y no sólo la HOAC, en los años 60 y 70 del siglo pasado, comentó Jesús Sastre, ese era el modo de entender la práctica cristiana que tomaron como propio muchos católicos. En cambio, con la llegada de Juan Pablo II a la sede Pontificia, se potenciaron otras maneras de entender y vivir el sentimiento de Jesús, con otros acentos, con otras preocupaciones.

Ahora bien, junto a esta pobreza estructural, en la que millones de personas nacen, viven o acaban, por diversas circunstancias, cayendo, está la “pobreza elegida”. Esta es otra situación de la que también hablamos. Es una situación muy distinta. Es la de quienes eligen mantenerse en la pobreza o adoptarla como estado de vida frente a quienes aspiran a ser ricos, a aumentar de modo constante y como sea sus bienes materiales y a defenderlos frente a quienes pretendan arrebatárselos. Es la elección que hizo Francisco de Asís.  Es la elección que han hecho y siguen haciendo personas que se conforman con tener lo suficiente para vivir con dignidad, pero sin lujos. Es también la elección, algo distinta, de quienes eligen vivir entre los pobres como viven los pobres, para, desde su mismo estado de indigencia, ayudarles en la lucha para salir de ella y lograr para el común de la población una condición de vida más digna y justa. Son elecciones respetables, aunque no extensibles a todos los cristianos.



Fue un coloquio interesante y clarificador en estos días en los que algunas personas y algunos grupos, que hacen alarde en su catolicismo, no tienen problema en alardear también de su desprecio hacia las masas de indigentes que llegan a nuestro país en busca de ayuda. Pero el coloquio fue interesante también, porque, antes de darlo por concluido, planteado el asunto, dos de las mujeres que desde el comienzo de esta nueva fase del Foro, como Foro “Curas de Madrid y Más”, aceptaron, y al resto del grupo le pareció bien, incorporarse a la Comisión permanente. De este modo también en ella a partir de ahora estará representado ese “Y Más”, que tan significativo e importante es para nosotros.

miércoles, 23 de octubre de 2019

Séptimo coloquio abierto propuesto por el Foro "Curas de Madrid y Más"





SEPTIMO COLOQUIO ABIERTO DEL FORO “Curas de Madrid y Más”

NOTA INFORMATIVA

Un cordial saludos a todas las personas que leáis esta Nota informativa. El Foro "Curas de Madrid y Más", que inició su andadura en abril de 2018 como versión actualizada del Foro "Curas de Madrid", tras el paréntesis veraniego, ¡RETOMA SU ACTIVIDAD!

La actual Comisión permanente, que esperamos ver ampliada muy pronto con la presencia de laicos y laicas, acordó en la reunión que celebramos el pasado día 2 octubre reiniciar nuestros Coloquios abiertos el lunes día 11 noviembre. Quedáis convocados y podéis invitar a quienes conozcáis y os parezca que le resultaría interesante y provechoso participar en nuestros encuentros.

Hemos reflexionado en los dos últimos coloquios sobre aquello que hace a los dolientes del mundo elevar sus clamores de queja y suplica al Cielo. Sabedores de que buena parte de esos clamores provienen de los pobres de la Tierra, para el coloquio que va a inaugurar la serie de los que celebraremos este nuevo curso, proponemos, en forma de pregunta, el siguiente tema de reflexión: “¿Bienaventurados los pobres?”. Nuestro deseo es poner en común y dialogar en torno a nuestras opiniones sobre cuál debiera ser la actitud cristiana ante la propia pobreza y la de los demás.

Creemos que es un asunto interesante, sobre el que merece la pena hablar. Aquí tenéis y lo podéis difundir el cartel de este séptimo coloquio. En él figuran los datos concretos en torno al Tema, el Orden del día, las personas encargadas de dirigir cada sección del mismo y lo referente al lugar y a la hora del mismo. Los dos últimos puntos de ese Orden del día, son importantes.


Nos vemos y saludamos el día 11 de noviembre, a las siete de la tarde, como en ocasiones anteriores en uno de los salones de la Parroquia de la Sagrada Familia.




jueves, 11 de julio de 2019

Crónica del 6º coloquio abierto del Foro "Curas de Madrid y Más"





Hay muchos clamores hoy de dolor y suplica. 
Y entre ellos el nuestro

El pasado día 17 de junio el Foro “Curas de Madrid y Más” celebró su 6º Coloquio abierto. El saludo inicial corrió a cargo de Jesús Copa, miembro de la Comisión Permanente. “Muchos o pocos, comenzó diciendo, lo importante es que volvemos a estar juntos”. Juntos y dispuestos, añadió, a que el grueso del encuentro lo empleemos en expresar y en escuchar lo que queramos decir sobre las cuestiones planteadas. Y así fue. Antes, sin embargo, hubo unos minutos de oración en común, dirigida por María Jesús (Chus) Martínez. La escucha de un pasaje del Evangelio de San Juan y de un texto de José Antonio Pagoda nos trasladó al ámbito de la fiesta de Pentecostés, entonces recientemente celebrada, y a reflexionar sobre esos “dones del Espíritu” que enardecen e iluminan. Además de los que mencionan los textos bíblicos, Chus nos habló de otros con los que les gustaría verse enriquecida y pidió al resto de los asistentes que, en forma de oración de súplica, manifestara cuáles son los que le gustaría recibir. A la reflexión nos ayudó la música del grupo de religiosas AIN KAREN, cuya canción Ruah, del disco “Alégrate”, oímos y tatareamos juntos. 

Acto seguido, Jesús Sastre, miembro también de la Comisión Permanente, con una breve intervención, llevó a cabo la tarea de recordarnos cuál era el asunto sobre el que debíamos hacer girar nuestras reflexiones. Para ello fue comentando el contenido del cartel de convocaría: las frases del Éxodo que van insertas en la imagen que contiene y las dos preguntas que, por encima y por debajo de ella, quedan formuladas: 
“He observado la aflicción de los israelitas en Egipto. Su clamor ha llegado hasta mí” 
"Ahora, pues, ¡anda! Te envío a faraón: ¡Saca de Egipto a mi pueblo, los hijos de Israel!" 

¿Qué clamores de dolor lanzamos al Cielo los hombres y las mujeres de hoy? 
¿De qué “Egiptos” habríamos de ayudarnos a salir? 

Nos dijo que, a su juicio, Moisés, antes de vivir la experiencia de la zarza, ya debía andar sumido en su propia reflexión sobre qué postura tomar ante el padecimiento de su pueblo, del que estaba empezando a ser consciente. Ajeno durante años al mismo, por haber vivido bajo la protección de la hija de Faraón en su palacio, 
se ha topado con él y piensa que debe hacer algo para aliviarlo. La voz ardiente de Yahveh que escucha tras la zarza le lleva a la conclusión de que ha de asumir como una misión divina la tarea de librar de la esclavitud a Israel, para cuyo éxito espera contar con su auxilio. Es, continuó explicando Jesús Sastre, una esperanza similar a la de Jesús de Nazaret, cuando, desde su fe en Dios, del que cree y enseña que es Abba, asume el reto de aliviar a los cansados y agobiados, cuyos lamentos escucha y le hacen llorar. Y lo hace siendo consciente de que a él y a quienes le sigan les va a costar sudor y sufrimiento. 


¿Qué clamores son los que hoy brotan de las gargantas de los hombres y de las mujeres que sufren? ¿De qué esclavitudes deberíamos ayudarles a salir? Moisés y Jesús, en sus diferentes circunstancias históricas escucharon los gemidos de las personas sufrientes y se pusieron en macha para ayudarlas. ¿Qué tareas liberadoras deberíamos emprender también nosotros? El coloquio quedaba planteado y abierto. 
Hubo muchas intervenciones, cerca de veinte. Se consiguió, pues, que ocuparan la mayor parte del encuentro. No pudimos, sin embargo, pasar de la expresión y la escucha de respuestas a la primera de las cuestiones planteadas, la relativa a los clamores de dolor y súplica que brotan hoy de nuestras gargantas. Además, se vio enseguida que no es posible dar una respuesta única y simple. Aunque no fue la primera en intervenir, María Ángeles Rodríguez Grajera cuando tomó la palabra señaló con exactitud este problema. Nos dijo que son perceptibles numerosos y muy distintos gritos de queja lanzados a lo alto, porque son muchas y diversas las causas que los provocan. Pero que hay algo que comparten, todos tienen que ver con “la dignidad” o, más exactamente, con la falta de respeto a la dignidad de quienes los profieren. Gritamos lo seres humanos cuando percibimos que nuestra dignidad está siendo mancillada. Gritan, aunque lo hagan sin palabras o con las que nosotros empleamos en su nombre, los otros seres vivos, a los que los humanos masacramos, y la naturaleza, a la que expoliamos o contaminamos. 

Rafael Rojo Sastre compartió con nosotros el elenco de “retos” o “propuestas urgentes y necesarias” que recoge Miguel Ángel Vázquez, Director de Publicaciones de la revista Alandar, en su “Carta al nuevo Gobierno”, que acababa de aparecer publicada en el número de junio, el nº 359. La mayor parte de ellos son retos vinculados a problemas de nuestros contemporáneos más pobres, débiles, marginados o maltratados. El resto de las intervenciones, sin embargo, pronto dejé de moverse en esa línea. Enseguida quienes fueron tomando la palabra comenzaron a referirse no a lamentos de “los otros” sino a sus propios lamentos. A uno, sobre todo, que muchos de los presentes también manifestamos sentir como propio. Es un clamor que comenzó a cobrar cuerpo en nuestro interior hace ya mucho tiempo, a finales de los años setenta del siglo pasado, cuando Juan Pablo II asumió el máximo poder eclesial y comenzó a ejercerlo. Es un clamor que día tras día, con palabras o sin ellas, brotando del fondo de nuestras entrañas cristianas, elevamos a lo alto, a modo de queja y súplica deseando que pudiera ser escuchado y atendido por el Padre nuestro, que está en los cielos. Es un lamento que tiene que ver con la manera con que numerosos miembros de la jerarquía eclesial, obispos y clérigos, nos tratan o con la que vemos que tratan a otros hombres y a otras mujeres, personas la mayoría que forman parte del grupo que más razones tiene para quejarse por su situación personal y social. 



Es una queja que planteamos en muchas ocasiones, es una queja conocida, como expresó algo airado Rafael Rojo, al que antes he mencionado. Pero es una queja, como también queda dicho, muy compartida  en el grupo que constituye el Foro “Curas de Madrid y Más”. Es, desdichadamente, además, una queja que no parece que pronto vaya a dejar de tener sentido. Tiene mucha importancia para nosotros y para las personas a las que amamos o por cuyo sufrimiento sufrimos. Por eso siempre está lista para brotar de nuestros labios. Aunque a muchos jerarcas, obispos o curas, y también a muchos seglares católicos les canse y hasta moleste seguir escuchando. 

Nos duele que, aparte de tener Los evangelios, que son muy claros al respecto, teniendo como tenemos la Gaudium et Spes, con su famoso comienzo, Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo”, cincuenta y tres años después de su publicación, la escucha y el alivio de los quejidos de la humanidad doliente no forme parte esencial de la espiritualidad de muchos miembros de la Iglesia. Nos duele que piensen y enseñen y establezcan como verdad cierta e incontrovertible que la esencia del cristianismo es otra, más vinculada al culto que se debe dar a Dios en la liturgia y a refrenar lo que llaman nuestra natural inclinación a obrar el mal. Pero aún nos duele más que, con ojos que no ven y oídos que no oyen, perciban como molestos o injustificados los clamores de la humanidad doliente y que condenen como pecaminosas e ilegítimas las vías que la sociedad y, dentro de ella, algunas personas y grupos eclesiales vamos buscando y poniendo en uso para remediar o para, al menos, hacer más llevaderos los sufrimientos personales, familiares y sociales de los hombres y de las mujeres de nuestro tiempo. 





Habremos de seguir reflexionando sobre todas estas estas cuestiones, pero nuestro 6º Coloquio, con el que cerramos este curso, sirvió para ponerlas sobre la mesa una vez más. 



(Crónica realizada por Jesús L. Sotillo).