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miércoles, 14 de noviembre de 2018

Muy lentamente, aunque hay prisa.

Crónica del 3er Diálogo abierto del Foro “Curas de Madrid y Más”



Coherentes con su propósito de ser en la diócesis de Madrid un espacio de reflexión, diálogo y opinión, el FORO “CURAS DE MADRID y MÁS celebró el pasado día 6 noviembre su tercer "diálogo abierto". Acudió al mismo un grupo de casi 40 personas. Laicos y laicas la mayoría, algunos religiosos y unos cuantos sacerdotes. Tras los saludos iniciales, hubo unos minutos de oración en torno a Monseñor Romero, recientemente proclamado, al fin, santo por la Iglesia Católica. La canción El Profeta, de Yolocamba Ita, en memoria suya, así como palabras del propio Romero y de Francisco y de Pedro Casaldáliga sirvieron para reforzar y manifestar el común deseo de los presentes de vivir el cristianismo como fe en Dios que nos impulsa a tratar de que puedan cuantas más personas mejor vivir con dignidad. Sin miseria ni malos tratos, creciendo gozosos en sabiduría y bondad.

Puesto bajo el lema “Con el papa Francisco, por una Iglesia diferente”, abrieron el diálogo los teólogos y profesores Ignacio María Fernández de Torres y Silvia Martínez Cano. El objetivo del mismo era sacar a la luz lo que consideramos digno de elogio y lo que echamos en falta en la manera que está teniendo Francisco de ejercer el ministerio de Obispo de Roma. Ellos, desde sus conocimientos, pero también y muy especialmente desde su experiencia de cristianos activamente implicados en el vivir cotidiano de la Iglesia, fueron los primeros en compartir con el resto de los asistentes sus puntos de vista en torno al actual pontificado.


Ignacio María comenzó su intervención advirtiendo que es arriesgado evaluar la vida y la obra de una persona, como Francisco, que todavía no ha concluido su paso por la historia. Falta conocer su desarrollo completo y dejar que el correr de los años proporcione la perspectiva necesaria para enjuiciarlo.  No obstante cumplió el cometido que se le había encomendado y fue comentando los aspectos positivos que ve en el Papa actual. Quizá porque conoce de sobra que hay quienes no sólo ponen en cuestión la solidez teológica de su magisterio sino que le acusan incluso de hereje, al mostrar los rasgos de su decir y de su hacer señaló sus vínculos con personalidades y con enseñanzas católicas de reconocido prestigio y de innegable ortodoxia: el cardenal Suenens, San Roberto Belarmino, Benedicto XVI, Karl Rahner, Pablo VI, Yves Congar, Juan Pablo II, San Gregorio Magno…

Él, por su parte, destacó como dos de los rasgos que mejor le definen su afán de que la Iglesia esté pegada a la realidad y su deseo de que preste verdadera y eficaz ayuda a las personas concretas, que padecen problemas concretos. En ella no pueden encontrar tranquilo acomodo quienes dañan a las personas o se desentienden de sus padecimientos. Para el Papa, resaltó Ignacio María, la acción evangelizadora, sin ser sólo eso, no puede estar desligada del esfuerzo por lograr una auténtica promoción del desarrollo humano. Su opción por los excluidos, hecha desde una profunda y firme fe en el amor misericordioso de Dios es clara. Y también es clara su convicción de que el acercamiento de los cristianos a quienes sufren e incluso a quienes causan sufrimiento ha de hacerse siempre con una actitud de misericordia, buscando aliviar a unos y mover hacia la conversión a otros. Quiere una Iglesia en la que sus miembros deben conocer y analizar con hondura los problemas del mundo actual. Una Iglesia en la que, desde ese conocimiento, actuando sinodalmente, las mujeres y los hombres que la componen han de buscar el bien de los seres humanos, más aún, el de todos los seres, incluso el del propio planeta, nuestra casa común. A tal efecto no rehúye plantear dichos problemas, sino que los mira de frente y los describe y denuncia. Tampoco tiene reparo en dialogar incluso con quienes no comparten sus puntos de vista. Todo problema debe ser abordado en busca de una solución que lo remedie. Y con todos hay que hablar si eso sirve para encontrarla. Quizá no pueda cambiar la Iglesia todo lo que quisiera, pero está contribuyendo a hacerla mejor, más de Jesús.


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Silvia, encargada de hacer explícito lo que a su juicio se echa en falta en actual pontificado, comenzó, sin embargo, su intervención manifestando que en gran parte coincide con el análisis de Ignacio María. El tiempo del papa Francisco lo considera un tiempo de oportunidades. Está mostrando otro modo de ser papa. Dialoga con los de dentro y con los de fuera. Alza su voz profética denunciando las injusticias que aquejan a los hombres y las mujeres de hoy en día. Quiere que la Iglesia recupere “la materialidad”, la preocupación por lo concreto, por lo que alegra y daña a las personas. Desea que funcione de modo colegial y descentralizado o con otros centros, además del  Vaticano y Europa. Intenta fomentar el papel de laicado y que la Iglesia vuelva a la honradez “primigenia”, siendo austera. Todas ellas son “puertas” que se entreabrieron a raíz del concilio Vaticano II y que el Papa parece querer abrir un poco más. En esa, comenta Silvia, con Francisco, aunque poquito, se está promoviendo un cierto cambio estructural en el ámbito de la moral. Un cambio que tiende a hacerla menos “moralista y castigadora”, menos centrada en la culpa, el castigo y el pecado. Pero le parece que esto no es suficiente. Quisiera un avance más rápido. Por ejemplo en lo tocante al reconocimiento no sólo canónico sino también y muy especialmente teológico de la igualdad del hombre y la mujer ante Dios y en el seno de la Iglesia.

Y, llegados a este punto, dio un giro a su discurso. Cambio la dirección de su mirada. En vez de continuar hablando de lo que echa en falta en el decir y en el hacer del papa Francisco, comenzó a reflexionar sobre lo que echa en falta entre quienes formamos la Iglesia Católica. El concilio Vaticano II vino precedido, nos recordó, de un largo y previo movimiento intraeclesial en pro del cambio. Algo parecido debería ocurrir, a su juicio, ahora respecto a los cambios que, más de cincuenta años después, nos demanda la propia sociedad y respecto a los que muchos católicos consideramos también necesarios. Los que dentro de la Iglesia compartimos esa opinión, comenta con fuerza Silvia, debemos unirnos, debemos trabajar en red. Debemos traspasar los límites de las parroquias, entendidas y gestionadas como feudos en los que el señor es el párroco y el reto sus vasallos. Y, como parte de ese trabajo en red, hay que generar opinión e ir tomando partido sobre los asuntos eclesiales y sociales que nos parece debieran ser abordados de otro modo. No idolatrar al papa Francisco y esperar que sea él quien haga realidad todo lo que deseamos. Esa actitud nos lleva al estancamiento, a la parálisis. Todos hemos de “ocuparnos” de la religión, todos hemos de “ocupar” nuestro espacio en la Iglesia, el de bautizados. Somos diversos, muy diversos. Hemos de contar con ello y tratar de gestionar esa diversidad sin llegar a la confrontación, lo cual no quita que manifestemos con claridad nuestros puntos de vistas y que hagamos lo que esté a nuestro alcance para que acaben siendo tenidos en cuenta. 


Concluidas estas dos sugerentes y bien preparadas intervenciones, los asistentes al coloquio pudieron durante casi una hora exponer algunas reflexiones y sugerencias más. Fue un rico y variado intercambio de pareceres. Hubo, como en los diálogos anteriores, quienes manifestaron lo difícil que sigue resultando, también bajo el pontificado de Francisco, que, una vez formuladas y expresadas las peticiones de cambio en el seno de la Iglesia, sean tenidas en cuenta por el clero de las parroquias o el de instancias superiores, que es quien realmente, todavía hoy, conserva y ejerce el poder en la Iglesia. También hubo quienes, concretando un poco más, dijeron que, aunque algo, aún se ha avanzado muy poco en lo referente a  modificaciones de algunos aspectos de la doctrina y de la moral de la Iglesia, que hoy en día parece necesario llevar a cabo. Se citó, por ejemplo, lo relativo a la valoración y a la acogida que se dispensa en las comunidades cristianas a los miembros católicos del colectivo LGTBI. Y se volvió a hablar de lo poco que se ha avanzado en lo tocante al reconocimiento teórico y práctico de la igualdad de hombres y mujeres en el seno de la Iglesia. Pero tampoco faltaron voces que hicieron explícita y trataron de transmitir al resto su convicción de que, con sus dificultades y su lento caminar, va cambiando en la dirección en la que nos gustaría verla cambiar.  Y, como colofón, el último de los intervinientes creyó oportuno hacer hincapié en que sigamos confiando en que el Espíritu Santo no deja de acompañarla y de iluminarla en su largo caminar.


Jesús Mª López Sotillo

14 de noviembre de 2018

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